Innovación y teoría cuántica

De cómo algo tan complejo como innovar lo hacemos cada día desde la noche de los tiempos.

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Ahora la moda es hablar de innovación. Hay que innovar, si o si; si no innovas estás muerto. Es curioso las vueltas que se le da al significado de innovación. Ya resulta aburrido oír a tantos gurús empeñados en darle su propio significado a una palabra que, en realidad, es tan antigua y cotidiana como nuestra civilización.

Si el progreso genera complejidad, y la clave para seguir progresando es la simplificación, he aquí la definición más simple que se me ocurre: innovación es anticipación. Ahora bien, para comprender esa equivalencia tan aparentemente sencilla, es necesario transcender al mundo de la teoría cuántica. Veamos los paralelismos.

Según el modelo cuántico, un objeto puede estar en diferentes sitios al mismo tiempo, y sólo se sabe dónde está realmente cuando un observador pone su atención en él. Así de sencillo y así de complejo. Innovar es lo mismo, a priori todas las innovaciones ya existen, y cada una está esperando que alguien se fije en ella. El primero que lo mira, que lo ve, es el que innova. Es decir, en realidad no inventamos, descubrimos.

Por eso, una persona innovadora es la que se anticipa en algo. De lo que podemos estar seguros es que si no es uno mismo el que descubre algo, antes o después, será otro. El primero que lo haga será el innovador, el siguiente el imitador.

Pero cuidado, que también se aprende a mirar. En tecnología y electrónica, Japón empezó copiando y terminó siendo muy innovador. Korea idem. Y China no será menos. Atentos.
Para innovar en el mundo de los negocios, no sólo hay que verlo antes, también hay que hacerlo tangible. Pero ahí ya entramos en otro tema más pantanoso: muchas veces se adueñan de las innovaciones no las personas que lo vieron sino las que lo hicieron tangible. Y con esto adelanto el que será mi próximo debate: los innovadores son los inteligentes y los tangibilizadores los listos.

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